Desde que me gradué tuve la fortuna de desempeñarme en empresas grandes, en las cuales la labor de los profesionales de recursos humanos era medianamente respetada, las funciones de los distintos subsistemas de la gestión estaban claramente definidas y contaban con sus respectivos especialistas, cuyas opiniones eran consideradas por el cliente interno, siempre y cuando dichos especialistas generaran la suficiente credibilidad técnica en el desempeño de funciones.

Por ello, debo admitir que siento “dolor profesional” cuando escucho hablar a mis amigos que trabajan en pequeñas y/o medianas empresas (PYMES), de cómo son mal-tratados en sus labores, de su percepción de “la gente de recursos inhumanos”, como si no fuesen compañeros sino más bien el bando enemigo. Y es que su percepción se basa en que “los de recursos humanos” en muchas ocasiones no son más que títeres o marionetas de la filosofía empresarial, por no decir de los caprichos del jefe o jefes de las distintas unidades conforman la empresa.

Esto ocurre especialmente en las empresas que no terminan de entender el papel tan importante que representan las “personas” en el funcionamiento de estas; por consiguiente, tampoco valoran la labor que realiza o podría realizar el área de recursos humanos.

Pareciera que muchos emprendedores o microempresarios tienen la creencia de que un profesional de recursos humanos es alguien que estudia unos cuantos años de carrera y sólo aprende hacer cálculos de nómina, algo de selección de personal y los más pilas hasta saben de salud ocupacional. ¡Creencia altamente limitante! un buen profesional de recursos humanos: reconoce el valor de las personas; sabe cómo gestionar el aporte de éstas para la organización; logra que la empresa se comprometa con el bienestar de su gente; contribuye a realizar cambios trascendentales en pro de la empresa; pero, para ello deben dejarle mostrar sus competencias, sus conocimientos e ideas.

Peor es la situación en lo que respecta a la capacitación, ésta no suele ser valorada, en esta línea nos encontramos con empresas que:

  1. Consideran que la capacitación es un gasto en lugar de inversión; por lo que no presupuestan ni un centavo para el desarrollo de su gente.
  2. Solo capacitan en temas regulatorios para evitar multas; por ende, no aportan mayor valor al desarrollo de las personas.
  3. Mandan a su gente a uno que otro curso que no tiene relevancia ni para la organización ni para las personas, por lo que solo pierden el dinero destinado a este rubro.
  4. Solo brindan capacitación técnica, descuidando el desarrollo actitudinal.

Las empresas que no creen en la capacitación, no se preocupan por contratar a profesionales especializados en esta área; terminan buscando y contratando a alguien que sepa de nómina, selección y que se encargue de la logística de los eventos formativos, previamente establecidos a dedo en un supuesto plan anual de capacitación. No tienen idea que un plan de capacitación efectivo responde a las necesidades latentes de la organización y su gente, de igual forma visiona las necesidades futuras en concordancia con el plan estratégico de la empresa.

En conclusión, si la empresa no le da valor a la capacitación nunca obtendrá el valor de ésta; si no deja al profesional de recursos humanos gestionar estratégicamente, difícilmente podrá ver el potencial de desarrollo de la empresa; si no cree en las personas jamás alcanzará el éxito.

¡Dolor Profesional!
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