Cada historia de inmigrante es diferente, algunas nos llenan de esperanzas, otras nos generan temor. Hoy estoy cumpliendo un año que llegué a Ecuador y mi historia es la siguiente:

Un día “X”, por una razón “Y” (seguro que similar a las razones de muchos) decidí salir de Venezuela, mi decisión era definitiva y firme, nada de prueba piloto, nada de ir a probar suerte, era todo o nada. No sabía cómo me iría y tenía mucho temor al fracaso; por ello, me documenté, planifiqué y preparé lo mejor que pude para dar este paso, tracé los planes que consideraba viables para mi futuro.

Mi plan “A” buscar empleo en cualquier lugar (lícito) mientras obtenía la visa profesional y luego desempeñarme en mi área. Mi plan “B” investigar el mercado, visualizar opciones para emprender un negocio acá con el apoyo financiero de un par de amigos.

El plan “A” funcionó parcialmente, Dios puso un ángel en mi camino en cuanto llegué y tuve un empleo provisional por dos meses, en ese tiempo pude registrar mis títulos y obtener mi visa profesional; pero la segunda parte aún no se ha materializado. El plan B, ¡descartado! el mercado ecuatoriano, especialmente el quiteño, no me generó confianza para emprender un negocio propio. Yo pensaba que iba a tener todo bajo control, pero no fue así. Dios tenía un tercer plan para mí vida, algo que por mi personalidad no se me hubiese ocurrido nunca.

Semana 28Hoy, un año después, a muchos kilómetros de mi tierra, a pesar de todo lo que tuve que dejar, a pesar de que no tengo un empleo a nivel profesional, ni el nivel de vida al que estaba acostumbrada antes de la crisis, a pesar de que aún desentono un poco con la cultura ecuatoriana, ¡Me siento feliz! Siento paz y tranquilidad, acá conocí un chico maravilloso que me trata como una princesa, nos casamos y ahora estamos esperando a nuestra nenita.

Mi historia no es un cuento rosa de princesa, no es para nada un final feliz; como toda historia real, es más bien el principio de una nueva etapa, toca trabajar mucho para lograr una estabilidad, para ofrecerle un buen futuro a mi nena y para sentar los cimientos que me permitan ayudar a mis seres queridos que se encuentran en Venezuela y que tanto me preocupan.

De mi experiencia puedo rescatar que es necesario: investigar, planificar, vencer los temores, estar realmente decidido, esforzarse, tener la mejor actitud, gratitud ante lo mínimo que se logré, pero especialmente tener la flexibilidad y humildad para aceptar que no todo lo podemos controlar.

Un año después que salí de mi país
Compártelo