May, simple y esencial

En gratitud y aprendizaje constante

Autor: Pablo

  • 2 años de paternidad

    2 años de paternidad

    Son ya 730 desde que vi ese pequeño ser de 45 centímetros dar su primera bocanada de aire y nunca imaginé que dos años después mi vida iba a cambiar tanto.

    Cuándo de niño pensaba en la paternidad siempre imaginaba todo lo que le iba a enseñarle a mis hijos, pero jamás me detuve a pensar lo que ellos me iban a enseñar a mí.

    Y creo que casi ningún adulto se detiene a pensar lo que un hijo le puede enseñar. Después de todo son niños, sin experiencia de la vida, con todo por aprender. ¿Qué tanto pueden enseñar?

    Hoy, en el cumpleaños número dos de mi hija, quiero darle las gracias a ella por enseñarme tanto en tan poco tiempo. Algunas cosas han sido enseñanzas directas y otras aprendizajes gracias a ella. Todas llenas de significado que me han hecho mejor persona.

    1. A aprender constantemente

    Al crecer nos olvidamos de aprender. Acabamos el colegio, la universidad y quizá tomamos algún curso de actualización profesional o nos mantenemos actualizados con los temas de nuestro trabajo, pero descuidando otras áreas de crecimiento.

    Gracias a mi hija descubrí nuevas áreas en las que debía formarme. Finanzas, cocina, enfermería, psicología, deporte, música, liderazgo, motivación y un sin fin de cosas más. No solo para ofrecerle herramientas para su vida sino para ser el mejor padre perfecto para ella.

    2. A no rendirme nunca

    Cuándo estás en modo aprendizaje constante también estás en modo «fracaso constante». Fallar es parte de aprender y nadie lo sabe mejor que un niño (o un padre que ve a su hija aprender a caminar). Golpes, caídas y llanto es el día a día de un proceso de aprendizaje.

    Mi hija me enseñó que caerse es parte de aprender y levantarse es lo que hay que hacer para volverlo a intentar.

    3. A fascinarme cada segundo

    La capacidad de un niño de fascinarse con su mundo es mítico. Seguramente existen libros y tesis doctorales que lo explican, pero lo que yo aprendí no es a fascinarme como un niño sino a fascinarme de la fascinación de mi hija.

    Su emoción al encontrar una basura en el piso, su alegría al ver por millonésima vez el mismo capítulo de un programa o sus ojos al encontrar su golosina preferida. Este tipo de cosas llenan mis días de una alegría indescriptible que sirve de gasolina para mis momentos de fracaso.

    4. A reír con pureza

    Las ocurrencias de los niños le sacan sonrisa a los rostros más fruncidos y cuando un niño descubre que es capaz de hacer reír a un adulto hará todo lo posible por lograr nuevamente esa sonrisa.

    La risa que provocan los niños no se parecen en nada a las risas de un chiste adulto. La pureza de sus actos y sus ocurrencias logran risas que salen directamente del alma, risas que estaban olvidadas entre capas y capas de adultez.

    5. A desarrollar mi paciencia

    Todo el mundo sabe que los niños lloran y los niños pequeños lloran mucho más. No es que les guste llorar (al menos eso quiero creer), sino que no saben cómo expresarse.

    Descubrir sus necesidades, sus deseos y hasta sus dolores en medio de llantos inconsolables o berrinches imparables me ha hecho desarrollar un tipo de paciencia diferente. Ser el adulto cuando mi hija es la bebé es más difícil de lo que imaginé y en un par de ocasiones ha sido necesario poner tierra de por medio.

    6. A negociar las cosas

    «En esta casa no vivimos en democracia, esto es una dictadura de papá y mamá» es una frase que mis hijos van a escuchar mucho (de hecho mi hija ya la está escuchando) pero eso no nos libra de negociar constantemente.

    No se trata de permitir o no permitir a mi hija salirse con la suya sino más bien despertar un pensamiento crítico en el que entienda que tiene opciones y que cada una trae una consecuencia. Saber que decir y como decirlo es una habilidad adquirida en estos últimos años.

    7. A mantener la serenidad

    Se supone que los hombres somos más serenos que las mujeres, y eso es cierto en la mayoría de eventos grandes como la muerte de un ser querido o un accidente de auto, pero cuando tu hija decide vomitar en la cama a las 3 de la mañana y no sabes si debes ir a buscar un trapo para limpiar a su madre, llevar a la niña a vomitar al baño o traer un envase para que termine de vomitar ahí mismo, es cuando se pone a prueba tu serenidad y juicio ante la presión.

    Mi hija me enseñó que la serenidad ante la adversidad se logra al evaluar los potenciales escenarios y tomando previsiones sobre las acciones a realizar en cada uno.

    8. A ser agradecido

    De niño pensaba que era mejor agradecer por lo que tenía en lugar de pedir lo que no tenía. Después de todo, Dios me había dado tantas cosas que ser agradecido era lo más razonable. Con la edad, esa idea se fue diluyendo y agradecer se convirtió más en una formalidad que en un sentido real de gratitud.

    Mi nueva vida familiar ha sido un despertar a la gratitud y un abrir mi mente y mi corazón a muchas cosas nuevas.

    Se que pasarán años antes de que mi hija pueda leer este agradecimiento y otros tanto antes de que pueda entenderlos o valorarlos; sin embargo, hija mía, los dejo aquí para cuando necesites recordar que nunca se es demasiado viejo para aprender algo nuevo ni demasiado joven para enseñarle algo a alguien.

  • Paternidad, mis primeras impresiones

    Paternidad, mis primeras impresiones

    A diferencia de muchos hombres, y similar a muchas mujeres, yo he querido ser padre desde que recuerdo. El ejemplo de mi padre fue fundamental, pero creo que mi legalidad y mi agrado por los niños me hacían creer que esto de la crianza era bastante fácil y por lo tanto toda mi vida viví en un mundo rosa en el que la paternidad era la cosa más bella del mundo.

    Para ser padre, primero hay que ser esposo (sí, yo soy de los chapados a la antigua que hace las cosas en orden) y hasta hace algo más de un año no tenía ni la más remota idea de quién sería la madre de mis hijos (pero esa historia es para otra entrada). Pero puedo asegurar que Dios se encargó de ayudarme a cumplir mi sueño de la paternidad junto a una mujer excepcional.

    Regresando al tema de la paternidad. Pocas veces te cuentan que la paternidad inicia 9 meses antes de que nazca tu hijo. En el momento en que tu esposa te dice “estoy embarazada”, todo cambia. Bueno, para mí las cosas no cambiaron precisamente en ese momento, pero todo cambió poco a poco.

    El embarazo

    Es el primer escalón de la escalera llamada paternidad. De un día para el otro tu mujer se convierte en un ser especial que lleva dentro de sí una nueva vida y tú te conviertes en su guardián custodio. Todo el mundo pregunta por tu mujer y tu futuro hijo y casi nadie pregunta por ti.

    Durante los primeros meses de embarazo debes perfeccionarte, o aprender, las antiguas artes del cuidado del hogar: lavar la ropa, limpiar la casa, cocinar (al menos la más simple de las comidas) ya que, en los últimos meses del embarazo tu bebé dependerá al 100% de tu esposa y tu esposa dependerá de ti casi al 100% por lo que la responsabilidad del bienestar de la familia está en tus manos.

    Además de “amo de casa” también debes perfeccionarte en el arte de la paciencia y la escucha porque la gran oleada de hormonas con las que lidia tu mujer la vuelven bastante sensible, cambiante e irritable. Tu mujer puede tener muchos miedos por la salud del bebe, el futuro y hasta por su capacidad para criar a esta nueva vida, por lo que tú debes ser el apoyo emocional de tu mujer y estar con ella durante todo ese tiempo.

    Debes leer TODOS los libros de embarazo y maternidad que caigan en tus manos (existen muchos cientos en todos lados) y buscar los pocos que puedas sobre paternidad ya que necesitas toda esa información para tranquilizar a tu mujer y a ti mismo.

    El parto

    Al día siguiente del anuncio del embarazo empiezan los temores sobre el parto. Evidentemente los temores no fueron míos o, mejor dicho, mis temores sobre el parto eran diferentes a los temores de mi mujer. Ella temía el dolor que le pudiera causar el parto mientras que yo temía el dolor que ella me pudiera causar a mí (he visto suficientes películas en las que la mujer toma la mano del marido en el parto y se la fractura en medio de una contracción).

    El parto es un escalón de la paternidad que se construye desde el primer día. Ejercicios, dieta y una educación adecuada hacen que el día tan esperado (con sentimientos de temor y esperanza) se conviertan en algo más llevadero. Debo decir que el curso de psicoprofilaxis debería ser obligatorio para toda pareja embarazada.

    El gran día puede llegar de cualquier forma, a mí me llegó a las 1 de la mañana de un domingo con la frase: “creo que se me rompió la fuente”. Pocas veces había salido tan rápido de un sueño profundo como en esa oportunidad.

    La maleta de la madre y la bebé suele estar preparada con semanas o meses de anticipación (en nuestro caso, días) pero casi nunca se prepara la maleta del papá. Algunos cursos recomiendan preparar alguna y otros se olvidan de ese detalle, pero la verdad no nos hace falta nada muy elaborado. Una muda de ropa, un libro, una batería de repuesto para el celular (por si no hay donde conectar el cargador) y algunas raciones de comida son todo lo que debe llevar un padre en su maleta, todo lo demás ya está en la maleta de la mamá.

    El parto es el momento en que más fortaleza debes demostrar ya que debes apoyar a tu mujer durante sus dolores. Poco es el trabajo que realmente hice en ese día, pero mi esposa dijo que mi presencia le fue de gran ayuda. En ese día además fue cuando recordé todo lo que me enseñaron en el curso de psicoprofilaxis y con eso iba ayudando a mi mujer en lo que podía.

    La hora del parto finalmente llegó y alrededor de las 6:45 de la tarde del domingo me permitieron entrar a la sala de parto para compartir con mi mujer.

    El nacimiento

    Parto natural o cesárea es la pregunta que toda pareja se hace y la respuesta generalmente está dividida entre médicos y pacientes. Muchos creen que la cesárea es una salida más limpia e indolora a la hora del parto mientras que otros consideran la recuperación posterior como motivo suficiente para intentar el parto natural.

    Una consideración a tener en cuenta es que la cesárea es una operación mayor en la que se cortan hasta 8 capas de tejido para llegar al bebé por lo que la recuperación de esta operación es bastante dura. Casi todos los médicos que conozco recomiendan optar por el parto natural y solo en casos muy especiales (bebé en mala posición, canal de parto muy pequeño o bebé muy cabezón, entre otros) recurrir a la cesárea.

    Una de las preocupaciones de mi mujer era las historias que oía de nuestras amigas en las que pasaban varias horas en labor de parto para al final tener una cesárea. Lo peor de dos mundos, horas de sufrimiento y dolor para posteriormente tener días de más sufrimiento y dolor. Como esposo, mi única tarea fue apoyarla siempre en su decisión y prepararme para lo que venga. Afortunadamente ella pudo tener un parto natural y a las pocas horas ya estaba caminando nuevamente. Y yo recuperaba mi independencia ya que ahora ella era capaz de cuidarse a sí misma (Que equivocado estaba, mi independencia ya no le pertenecía a mi mujer sino a mi hija).

    Mi hija salió del vientre de su madre con relativa facilidad y en pocos segundos daba su primera bocanada de aire.

    Los primeros 5 días

    A partir del nacimiento es cuando oficialmente la sociedad te reconoce como padre, aunque yo ya llevaba varias semanas sintiendo la responsabilidad.

    La primera noche en el hospital mi mujer se debatía entre la posibilidad de que nuestra hija durmiera en neonatología (junto a manos expertas) o la opción de que duerma en la habitación con nosotros (mi mujer en cama, yo en un sillón y la niña en una cuna). Pese a los temores de mi mujer, pude convencerla de que la niña duerma con nosotros. Esa noche fue bastante tranquila para mí, mi mujer no pudo dormir.

    Los primeros días eran bastante calmados cambiando pañales y viendo dormir a la niña, lo realmente aterrador eran las noches. Nadie ¡NADIE! en ningún libro ni página en internet te prepara para el terror que pueden tener unos padres primerizos con los llantos, quejidos y otros ruidos que hacen los niños al dormir. Mi hija lloraba mientras dormía y nosotros casi llorábamos junto a ella.

    El miedo a la muerte súbita (que hasta el sol de hoy nadie sabe porque ocurre ni cómo evitarla) sumado a los llantos nocturnos, los movimientos involuntarios y nuestra falta de conocimiento hicieron que las primeras noches prácticamente no durmiéramos.

    El cordón umbilical y los primeros baños también eran motivo de preocupación. Nuestra hija se veía tan pequeña e indefensa que temíamos que cualquier cosa que hiciéramos podría dañarla.

    Los primeros 3 meses

    Después del temor inicial de los primeros días, se tiene algo más de confianza y descubres que los niños no se rompen tan fácilmente y son capaces de sobrevivir nuestros aprendizajes.

    Durante el embarazo nos habían explicado que el método adecuado para la lactancia por la noche era: bebé en cuna, padre en la mitad y madre a un costado de manera que el padre tome a la bebé, se la pase a la madre y al finalizar la toma, le saque los gases y la vuelva a la cuna. En teoría todo se veía muy lindo y así lo acordamos; sin embargo, no contamos que por la noche yo caigo como una piedra y es virtualmente imposible que me despierte para nada que no sea un terremoto o un nacimiento inminente.

    Así que al final mi mujer tuvo que hacer ella misma toda la tarea de despertar, movilizar y reubicar a la niña; al menos hasta que tuvo el valor suficiente para dar de lactar acostada y, desde ese momento, ella durmió mucho mejor y empezamos sin querer nuestro colecho (del cual también hablaré en otra ocasión).

    Algo que debo decir sobre la lactancia es que es de esas cuestiones que solo se les permite a las madres y nosotros lo padres quedamos relegados a simples acomodadores de almohadas y sacadores de gases. Lo único que me quedó fue armarme de un biberón e intentar engañar a mi hija para que tome un poco de leche materna.

    Lo más duro de esta etapa fueron los cólicos que sufría la niña y que llevó a su madre a reducir tanto los alimentos que ingería que, prácticamente se alimentó solo de pollo y arroz por 3 meses. El llanto de un niño con cólicos es la cosa más terrible que existe (comparable con el llanto de una mandrágora). Los abuelos sufren, los padres sufrimos y los niños lloran. Cada vez que mi mujer se daba un pequeño gusto que ocasionaba cólicos a la niña, se sentía el peor ser humano de la historia (sí, incluso peor que Hitler). Poco a poco parece que le tomamos el golpe a esto de los cólicos y ya tenemos identificadas las causas.

    En conclusión

    PaternidadLlevo más de tres meses como padre oficial y todavía no llego a la etapa que me imaginaba sobre la paternidad. Todavía no puedo enseñarle a mi hija nada de lo que sé ni compartir con ella aficiones, ni educarle en el pensamiento lógico de causa-efecto.

    A pesar de que la paternidad tal como la imaginaba aún no empieza, todos los días aprendo algo nuevo y todos los días me enamoro más de mi hija, sus muecas, sus ruiditos y hasta sus llantos.

    Llevo muy pocos escalones y sé que me faltan muchos más, pero la escalera se ve prometedora.